El maestro entonces sonrió y dijo muy contento:
– ¡Qué alegría! Me enorgullece comprobar que al menos uno de mis discípulos lo ha entendido todo…
Entonces, el resto agachó la cabeza al darse cuenta de que su maestro les había puesto a prueba y se sintieron muy arrepentidos de haber caído en la trampa. Desde entonces, cada vez que escuchaban en su cabeza un pensamiento indigno, o sentían tentaciones de obrar mal, recordaban eso que su compañero dijo: ‘Mi Yo me ve’, y lo desterraban de su mente.
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